Cantos generales

Cantos Generales
I

Ahora
que la ciudad sabe de sus muertos
y de sus tantos bosques perfumados.
Ahora
que del cielo se escapan ángeles de madera y río
y en su búsqueda
los disfraces del silencio.

Ahora,
me muestro desnudo, compañero,
mi piel es de lana y trigo, eterna e irreparable.
Un perfil que solo tú pudiste fluir
azotando hasta mi propia fragilidad.

II

Tengo miedo de nombrar a todo
y que todo nazca
y que con sus alas
lastimen nuevamente mi herida.

III

He venido desde la orilla exterior de mi cuerpo,
no sabía que existía,
no sabía que me mataría.
Me invade el olor a rosas del campanario
¡Qué voces!
Hasta ahora solo mi sangre palpita
y me hunde más y más.
Solo plumas y hambre.

Ha llegado mi herida,
contenta y
sonriente, me invade.
La soledad más grande y mejor formada.
Todo huele a llanto,
a memoria,
a paisaje,
a amarillo.

Tú alientas mi desdicha:
me das de comer lo que ya no se utiliza
y lanzas las grietas
para que mi hondo ser no salga de ellas.

Amo esa violencia.

Hijos de la lira y
del viento.
Me llaman. Me gritan.
Todo artista protesta en mí
y hasta el incendio recorre mi estancia.
Un cisne de humo
sale del centro del mundo
y con sus alas golpea mi cráneo
y mi isla.

Qué fuertes golpes. Qué infancia perdida.
Y ahora solo el viento cruza por estas llanuras de la nada.

Tú.
Doblemente alarido de un animal muerto.
Doblemente ruido de una canción ensangrentada.
Rica noche. Llévame a lo dulce.

Yo lloro por ti,
por abrir tu cuerpo hasta con lágrimas
y tiritar de frío y sed.

Eres en donde existo.

IV

Vienes a mí, posado de sueño.
Hebra de oriente y occidente.
Perfume del norte y del austro.

Cuerpo minúsculo, redondo,
extendido hasta la constelación del sur y
de las islas de mares profundos
y lutos en la distancia, vestidos de día.
Estás sobre el cuerpo de la hierba
y besas a las hormigas.

Siento fuerte tu pecho hervido,
de frutas doradas en la estufa.
Hoy, hoy
transitas sobre mi sueño
y yo me espero, sobre el mundo,
ser adornado de polvo.

A veces tu cuerpo ascendía sobre el mío,
entre licores y espuma,
ascendías como la edad a los lirios,
como la vejez a la tarde,
y allí, de pie, con tu sexo de horas,
destruíase el mundo
en un movimiento final
sobre mi boca y mi cintura.

Qué destino asciende hoy a la memoria.

continuará…

Frenético

 

Mi voz enfurecida hace tanto ruido
como un sonar de cadenas en un campanario,
suplica y se ve más allá del musgo de la selva
como la garganta del mar en la arena incrustada,
como el agónico tiritar del viento mientras
cruza a un niño o una paloma.

Tímidos gritos salen de mi boca húmeda
como un ruido de huesos,
como un silencio en una bodega
como una muchacha secuestrada
como un ladrón de pie en el vaticano…

¡Oh voz mía! qué potente es el frío
en el alma dividida y con cestos…

Amapola fúnebre, sube a mi cielo y
de mi boca un suspiro silábico
repitiendo dos mil veces más
tu nombre anclado a una equis…

¡Oh, voz de animal muerto
sin galope¡ ¡animal frenético!

soy una luz tan desordenada,
soy un cesto de bocas ardientes…

Tú iniciaste el canto primero, ¡grito de guerra!
y en lo alto de los astros y de las dunas
te veía el cuerpo en abandono,
las manos vacías de mil hombres,
las bocas de las mujeres llenas de deseo
y una estrella de papel incendiada cada noche…

El cuerpo en el lodo y la carne viva ¡exquisita!
la corriente del río abajo, el alma de las rocas
y de los peces…
amor sujeto a las constelaciones
al ruido del agua
a la fiesta y murmullo de las hortalizas
ese es mi secreto:
caminar desnudo con insomnios en mis hombros.

Mi voz es el resumen de los caballos cantando,
de las grietas de la ventana muertas de llanto
de los hombres y mujeres en vela y en anís…

Mi voz es la carne viva y la gladiola al cielo
¡El veneno de dios en su ceniza palpitante!

Ahora mi ternura está encerrada en bodegas
al sur, muy al sur…
lloraría por el fino beso aguardiente y la espesa
finura de un río. Estoy abierto para siempre:
fino cuerpo de matas y de corrales,
fina voz de anís y de claveles
de ley al mundo que no se oculte nada, que todo crezca,
que mi alma se haga par y se cultive…

como un frasco de miel regado…
como una perla abandonada…

Versos libres

La noche amarrada con clavos y destellos,
así,
amada mía,
tú sobre mi cuerpo,
dador de eternas lluvias y
compañero de viaje entre olas de polvo y silencio.

Entre el ruido y la espera,
tu boca y mi silencio,
te me haces en todas las cosas y
de todas ellas distante y quieto

ausente,
pero no frío,
derrotado está mi cuerpo
lleno de vacíos y pasiones blancas.
Esperaré el viento desde su origen humilde,
en su boca clamaré y un llanto
enorme rodará por la tierra.
El frío se siente tan natural, como mirar a través de la ventana abierta.

Déjame soñarte,
escribirte,
cuando no existías,
cuándo no aparecías,
cuándo yo dormía y tu creabas.
Déjame ser en lo que tu seas:
el agua de las piedras
y el vino de las violetas.
Mi existencia te marca.

Piel de avena y trigo,
camino rodante,
tienes hasta los cabellos llenos de perfume
y
el origen del beso
fue dado en tu boca.
Tienes hasta mis manos gritando.
Tienes hasta mi aliento maduro.
Tienes el rostro de las grandes causas y en ti
sobra mi amor que bordea, sin testigos,
las grandes causas.

En el día, tu aliento de rosa,
piel de cromo y silencio,
tus ojos forrados de estrellas
y en tu espalda,
el olor del ciprés.

Tengo el hambre colgado de mis dientes
y mi poesía es causa de las despedidas.
Eres enorme y
tienes la frescura de la noche.

El frío desencadeno mi silencio
y hasta me pareces mariposa de arrullo,
flor minúscula nacida en el vientre de la vasija
y el rodar incipiente de unos prados tristes.

Verte con la boca manchada de tierra,
enjaulando semillas humedecidas en tu seno,
crecieron, como catedrales gigantes,
las voces tiernas en las fauces de la vida.


Versos nacidos a la par de una vela y un cuarto oscuro, un cielo forrado de estrellas y la bandada de silencios galopando hasta mi vientre. Soy de agua y sal y veo, en mí, nacer todas las flores. La existencia de un Dios me marca y me distingue. Soy el grano amarillo del maíz. Soy el fruto seco de una tierra sin semilla y soy el llanto de un niño dormido.

A papá, en su tarde de lluvia

Veo a mi padre dulcemente atrapado por las lluvias de la calle estrecha;
inmensas gotas circundantes caen en el suelo y por entre sus manos
el sueño de todos, el sueño mío;
fuera de él: el espacio airado y tristemente azul,
dentro: el hogar, la espera y la canción del mes de Septiembre.

– el amor acabado, y la vida se ha muerto –

Ahora, de pie junto a la puerta abierta
observa el mundo acurrucarse en una gota de agua.
Su mirada posada, inerte y su desvarío remueven las canciones…
las canciones de todos.

Canta, y la persistencia de su canto se replica en los rincones de la casa
siempre son los ojos, los ojos de nosotros que pacientemente
miramos las sonatas con desvaríos de su boca cansada.

Ese cantor de letras sin nombre, ese cantor de la radio
imita la voz de mi padre, que aún con los acordes finos y la melodía en hilo
muere despacio sin el compás y las heridas suyas.

Ahora, sentado en esos infinitos retazos que cubren los muebles
se observan las canas y los silencios y las pausas de la vida,
del cantor autónomo, de los pulmones a media voz.
Sentado en infinitos pensamientos, su boca recurre a los altavoces y,
de entre ellos la canción

“acuérdate mi”.

 

Estoy vivo¡

Los días me vienen a matar,

con sus bajos instintos y falsos poetas.

Que histeria la que me acompaña

y que noches son las que vomito.

Sigan, caminen detrás de mí,

que no me matarán;

vinagre y espuma es lo que ustedes predican

y es pura mierda en la punta de su lápiz;

chalecos ajustados a la nariz

y basura amarrada a su cintura.

¡Malcriados¡

No me llamen con sus manos muertas,

ni con sus pies tontos,

de su vientre de sal

solo hay gritos y lamentos desprotegidos;

Yo soy porque soy,

más ustedes son porque yo los invento,

les hago tragar tierra que sale de mis pies.

La noche eterna cerrada para su muerte,

astros de aguja y un semen podrido

es el resultado de su viaje.

No vengan a mí

¡Hijos de puta¡

Los días no me matarán,

voy naciendo con sangre

y ustedes mueren en el pavimento.

Malcriados, malcriados

nacidos de una perra herida por una piedra

lanzada desde el espacio;

bocas sucias, cuerdas de metal

intestinos de ovillo y lana,

cicatrices de toda una vida maltratada

y corazones desangrados.

¡Ah¡ la vida


¡Volamos alto para caer aún más alto!

Tienes mi lugar de ausencia
desmedidamente
infinita;
recortada por los
años azules
de la memoria y,
de los caminos
con grandes
espacios y verbos
muertos.


Ahora, a esperar la vida.

En la práctica
el silencio
siempre mantiene
mi mente abierta.
Siempre me
da rezagos de
un lenguaje que,
con tu voz
es un recordatorio
al alba.


Siempre somos viaje

Existe algo
inevitablemente
Frío, y es tu mirada
la que hoy;
precisamente
hoy,
no la tengo.


La noche sufre y en su martirio me lleva con ella.

Me lleva a morir
en cautiverio
sin señas, ni ondulaciones.
Sin duda, somos
secretos que
nadie sabe
fumar.


Verde y tibio, golpes en el páramo.