Si es cuestión de confesar

Llanto por llanto clavado en el suelo
es un caos mi humor diario
[replique infinito de algo que se cose]

ondas enclavadas en el mar salino,
¿alguna fuente llorará?
tu cuerpo, fuerte opacidad que azota
con su mano derecha sobre mi hombro desnudo

de verde y tibio espesor
la mano que se alza en rebelión
contra un mundo de años comido.

[...]


La presencia de los días
martilla con toda intensidad mi hueso desnudo
cavidades y proximidades
desde el centro del hilo.
Rey de los olores opacos
ante la clarividencia de una pupila
nunca antes conocida…

las brisas y las horas
pasan sonando y retornan en picada
hacia la boca soleada.

Reír [reír] en la noche
para tratar de detener su devenir

La dolce vita

Desaparecimos bajo el frío
¿con cuánto barco se desplaza el mar?

A la deriva
movidos por una quietud implacable,
con esfuerzo la vida se va anclando a la memoria
bajo un río caudaloso,
todo es viento, del norte y del sur,
señores del jazmín. Poesías de aquí y de allá.
Ya no hay bordes en las pupilas. Solo ojos.

Llegamos a la costa
lejos de ese mar que aprisiona y que encanta,
qué bellas formas se dan en el agua cuando uno escribe.
Qué bella palabra me
suena dentro y se me escribe fuera.

Arrullo Arrullar

La herida surge y surge, hasta ahora cabe en un sueño.
Tengo un ojo calcinado y el otro despierto
¿Qué lluvia se posó en los laureles? ¿Por qué ahora no puedo verte?

Estoy en un estado constante de amenazar a los días
de lastimar a un nido y no verlo nacer. Solo reír.
Voy recogiendo dudas y sembrando en otros cuerpos
ideas lastimeras y astillas de soledades contempladas.

Para que nada nos espante, que nada nos haga daño.
animales perfumados.
Para que todas las horas hablen de nosotros,
seamos pájaro y
canto y
ceniza y
hablemos en voz alta y
gritemos de histeria.

Seamos silencio, ese que amenaza hasta la estancia de dios.

Para ser más amantes vayamos lento
descubramos los números y su edad.
Hablemos del ruido y del silencio.

Golpeemos al día y a su memoria.
No aceleremos los cestos y seamos pintura del sueño,
inventemos una palabra parecida al suicidio.

Procuremos no olvidarnos
cuando el olvido venga. /deuda pendiente/.

Me siento tan débil como un animal imaginario.

A ti o al mar

DEDICATORIA PARA ESAS PERSONAS «FUGACES»
QUE LAS VEMOS UNA SOLA VEZ EN LA VIDA

A la persona del bus

¡Ah! si pudiera convertirme en noche
y acompañarte a desnudar los granos;
ser una llave que quede volando
y que se abran ciertas dudas y ciertos árboles.

En esta noche de pulmones extraños;
de pasajeros de alguna muralla;
de caminos y andamios sobre el mundo;
de mi propia voluntad y silencio.

A ti, persona del bus; azul cruzas sobre los cuerpos
que se sumergen en sueños donde yo pongo los ojos.

De pelo negro pidiendo el viento del mar.
Ruido nocturno nacido en todos los sitios.

No te conozco, quisiera entrar en el cielo,
de pie ahí, en los astros, encima de las flores y volcanes.

Hay suspiros de la buena tristeza;
hoy, entre navíos y estrellas, quisiera acordarme tu nombre.

Alguien me espera


He transitado por mi memoria, por los recovecos
del tiempo y del polvo. Recorrí las calles que circundan mis labios
y en ellos vi tantas rosas desgastadas y en tono marrón.
Vi mi mañana a través de unos ojos hermosos

                                                  perfumados.


¿Era yo?. Fui yo. Soy yo.
He vivido en tantos lugares lúgubres de mi mente, 
en rincones insospechados de mi memoria, 
en las lejanías de lo oscuro, de paisajes largos y tremendos, 
en las lejanías igual de la muerte y del amor y 
lo único que me ha salido de tan arrollador viaje es que:


He conocido la complejidad de mi realidad, 
las siluetas y formas que puede adoptar mi apellido y 
el sinnúmero de maneras de llamarte amor, entre ellos la palabra AZUL.

Esto sin voz y he decidido tomar distancia de mí mismo
de lo que pienso y de cómo actúo, ser un tipo normal.
Las andanzas de mi memoria dan saltos gigantes.
Ribetes en torno a las caricias y a los modales de una vida perfecta.

Mi memoria pequeña como un niño dormido se levanta al alba, 
en azul, adornado el cuerpo de flores amarillas 
con caricias de madera
y un tono agradable a melancolía que brota de esos labios

                                                           / mis labios / 

y mi cuerpo que ha vivido fuera de la ciudad
casi dos meses después de que se anunciara la guerra
y el caudal de los ríos y las onzas de plata.


La vida misma y la pobreza que en esos días extraños 
se posaba en mí 
me hacían regresar a ver a mis manos
y dientes
y ya se disparaba en mí la labor de una vida larga;
también me deparaba momentos amargos de miseria y calma,
de recorrer el mundo solo hasta la calle de enfrente
y gritar solo hasta donde la garganta me permita.


Influir en las voces sencillas y torpes de mi cabeza
y en mis manos
iniciadas e incendiadas debajo de mis pantalones
y en esas enormes ganas de explotar y escribir de las tallas,
de las fiestas, 
de los arrebolares, 
de los corpiños
de las ilusiones y 
de los apegos 
de la lluvia, 
de los alambres.

Ser un poeta casi al borde de las veredas
y tan cercano a ellas que las describía como si de eso
dependiera el mundo.

Solo deseo un murmullo rápido de huesos y 
establecer un negocio de cuerpo presente y que las líneas
un tanto básicas abarquen al mundo y me devuelvan desnudo.

Tengo solo una función: Ir en búsqueda de las regiones,
de los archipiélagos, de las plegarias y 
acecharlas hasta convertirlas en oraciones y realidades. 
Verdades absolutas.

Oculto y airado

...

Aquella luz era mía
aquella sororidad era mía,
aquel templo el de los pájaros y
aquel refugio el de mi alma.


Todo en la isla era silencio, algo contrapuesto
irreductible...
yo era presa de los mimos de la noche
y de sus estrellas,
iba en camino hacia el hemisferio sur,
¿de donde vine? y ¿a dónde voy?
es la imagen de la fugacidad...

detenido en el plan de la corteza
allá lejos, en los arbustos de humo y piel,
allá lejos mi alma pernoctará.

Allá donde esa luz seguirá siendo mía
esa sororidad seguirá siendo mía
esos pájaros seguirán siendo los míos
pero ya no mi alma.

Mi alma se la han robado los policías.

Extranjero

Soy un paisaje vencido. Traigo el color de un atardecer de una pintura acabada, al parecer, he nacido… ¿He nacido? No lo sé, escribo, sueño y pienso, quizá si, aunque eso no significa nada, quizá solo existo. Eso es. Existo. Pero no vivo Esa otra gente también.

En un solo rincón voy dilucidado, sentado frente al horizonte, frente a los sucesos vago por los lugares mas lúgubres de mi mente, eso supone que estoy vivo, o quizá solo esté abandonado en un rincón.

Casi siempre pienso en no volver, en detenerme frente a los campanarios cíclopes y gritar, atornillar un espejo a cielo la distancia solo está en mi mano izquierda, ahí hay un sentimiento de probabilidad hoy si volveré. Mañana no, seguro que mañana no. Suspiro en todo.

 

 

Pensé que no me iba a doler, pero dolió.

Es triste cuándo esa persona a la que querías tanto ya no está contigo, decidió irse y llamar a la tristeza, ahora yo aquí, solo pienso en las veces que estuvimos. Por ello este poema es en honor a esa persona, por los momentos, por los besos, por el día y por tantas noches.

Pensé que no me iba a doler
pero me atrapó la tristeza en las grietas de la ventana abierta
y con sus partículas me llamó a ser testigo del dolor.
Soy una amapola llena de sangre y licor.

El cúmulo de polvo, las hondas grietas de esas llamaradas de tierra
me cuestan en mis manos, y de ellas estoy hecho.
No hay escobas, dueñas del tiempo, para limpiar,
ahora ellas, todas ellas duermen.

Desde mí, hacia un espacio zurcido y melancólico, voy en azul.
Tengo mis manos en otro territorio y
la piel es la llanura por la cual la lluvia no emerge.
Desde mí, la soledad araña, como siempre, mis manos
y una isla acompaña mi sufrimiento.
¡Qué archipiélago busco cuando quiero estar solo!
¡Qué grata madera ahora hay en mis ojos, quiero llorar!
Tengo y busco un refugio por entre un diente de león.
Me llama desnudo una brisa,
afuera todo es fosforescente y mis ropas sucias me están abandonando.
La lluvia deslizada y pulverizada por el suelo
gota a gota, me escribe y me llama a lanzarme al acantilado.
No hay techo en mi cuerpo, ni cielos
ni astros, ni miradas.
Es este cuerpo el que ahora me tiene en corcel y,
llanto a llanto se anuncia el silencio.

Creí que no me iba a doler
pero estoy en pétalos de un geranio y todo es marzo.
Los días tristemente tristes preparan pan.
Hacia el sur, hacia el glaciar de Tabacundo voy ebrio de vino.
Ahora, el día de hoy que te vi,
estoy perdido en alguna bodega de viejos trenes
y no estoy embarcado en ninguna piel. En nada.
Mi alma está en el desierto:
verdes espigas y en mis ojos, doradas espigas.
Así, te extraño, así te recuerdo.
Así te vi.

Creí que no me iba a doler,
pero por hostales inhóspitos caminé, de noche,
y el viento por el sur, muy al sur
me llama.
Fui triste en todo.
Ahora me parezco a la palabra agonía.

Lo que resultaba de mi viaje, de mi salida sin soles
era una lluvia constante en mis huesos,
empezaban a germinar ideas de la soledad
y un ala rota se me dibujaba en la espalda. Omóplato derecho.
Lo que caía en mí eran las hojas de algún perro desnudo
y sus enormes fauces me tenían en silencio.
Pues sucede que ahora asciende desde esas tierras que visité
el rocío a mis pupilas. El llanto hecho río.
Pensé en mirar mis anhelos límpidos, sacudir mis alergias
de una vida tan noble, pero
sigo estando tan triste y tan melancólico.

Y unas dos hojas de laurel se agitan bajo mis pies.
Y me piden que no abandone el cementerio que,
a ellas, solo yo las vengo a ver, a escribir.

Pido paciencia y un cielo en alguna botella
y olvidar todo en un gran charco de dientes y orgías.
En una tumba de suspiros y en un rezo marchito de excusas.

Pido tu mirada para volar.

Pensé que no me iba a doler
pero estoy intranquilo, estoy en amarillo recorriendo a raudales
las hojas de los viejos poetas,
estoy en crecimiento y desnudez.
La desnudez me tiene miedo.
Quiero cerrar los ojos y verte, pero no te animas a seguir ahí
en esas tierras infértiles, donde ya no hay semillas.

Ya no me concedo el permiso de nacer.
Si yo no puedo amar, nadie conocerá el amor.
Voy a cerrar los ojos con las cerraduras
de los pies de un caballo y espero
morir en su galope.

El amor es una entidad que va con una bata de hospital
surcando tremendos pasillos llenos de muertos y aquí
viene su capitán. Yo. El señor de las despedidas.
Toda persona en mí se despide y se hace aureola,
se evapora y yo no conozco su razón.
Quizá es que no tengo barba, ni cejas amplias
por donde aterrice un águila o un barco;
quizá no tengo las manos más erizadas, ni blancas,
quizá sea solo piel y llanto.
Quizá a mí acudan todas las dudas de un caminar ciego.
¡Eso es! Por ello las despedidas son pedacitos de mí
en el mar, y pedacitos de mí en la tierra.

Pues eso, que pensé que me no me iba a doler
y duele, y duele.
Ahora quiero que no te vayas, quiero que por un día
seas piel, quiero a la fuerza ser médico.

Ya está, saliste de acá, de mis parpados blancos.
Eres como la noche, tan creciente y desnudo.
Pues pensé que no me iba a doler
y seguía cantando y mirando los besos,
y no me atrevía a besarte.
Una vez viaje dentro de un buey hacia tu encuentro:
era un día claro recién nacido, era como el primer vuelo de un hijo.

Estuvimos juntos, éramos silueta y llamarada
y de nosotros se desprendían los besos como globos,
surcaban nuestras bocas en una sola vida,
y yo te tenía en mis manos, eras sonoro, eras
mi persona preferida, eras el latir de una rosa adornada de alfileres.

Nunca me sentí tan liviano
como cuándo decías mi nombre y te veías en mis gafas.

Ahora, como siempre, te escribo, porque si duele, ¡duele!
Déjame solo, ya me iré temprano desde tu casa,
déjame solo con las tardes, que hoy, hoy pensé que no me iba a doler.
pero dolió.
Pido el silencio por donde ya ha cruzado tu mirada.
Pido tu cuerpo por donde ya ha sido mío.
Pido un minuto a la eternidad para salir del río.
Pido que seas feliz.