¿El poeta sabe a dónde va?

Por eso ahora eres mi casa,
lejos de lo que fue mi casa.
Por eso ahora eres mi estancia,
lejos de lo que fue mi estancia.

Ahora eres esa circunstancia de verdad.

Mi soledad por veinticinco años,
mis libros casi desnudos, 
la piel por cobijo fuerte,
mis letras, mis indicios,
la escritura y los adornos de polvo,
mi niño, mi cuerpo,
mi sexo y mis volcanes.

Ahora eres eso que merezco habitar,
lejos de lo que fue mi habitad.
Ahora asiento y confío.

Ahora la vida ha sido re vivida.

Ahora te soñé

De un lado al otro, desde tu orilla se desprendía algo de ternura.

Te soñé despierto, deslizaste tu voz hasta debajo de las cornisas
como eras entonces, como eres ahora: inmóvil.

Hay lujos y luces en tu voz y
en tu cuerpo dormido habitan los astros, no hay hélices
mas hondas que te llamen y que me llamen a escribir.

Ahora te soñé, como aullido de formas, como expresión
de descarrilamiento de un tren en la piel de verano, te soñé
así, desnudo, como una sombra pesada en cada brazo
y tus genitales de armaduras soldadas
y perfumadas, legado de un animal frenético despavorido.

Así eres, como cuando antes. No te pareces a nadie

vas en la espuma salvando mi propio reflejo de la vida.
Te sentí limpio, casi agua de mar, casi cuerpo de agua.

Mi tristeza no sabe de andanzas, ni de madera, ni de leños
por ello fue a parar en la noche violeta, magenta.

El propio azafrán de tus piernas me habría despertado
los azules lirios que se acurrucaron en los estanques,
en los huecos y memoria de lo que se olvida,
las minúsculas horas hechas tiempo
y desenredadas y lanzadas por el espacio y las camas.

Ahora, hoy, se desangran y mi desangro lento, lento,
por mi mano derecha surge la herida,
el silencio de muchas ventanas,
los puños, la carne y los aullidos de la pelea destinada.

Añoranza

Yo empujaba mi cuerpo dentro del borde
tratando de encontrar una fruta madura y tu templo
algunos cabellos se habian vestido para la ocasión
hacían un miniballet debajo de mis uñas

más tarde, cuando el silencio se anunciaba
por entre la cordillera iba mi espuma
y bajo la bóveda verde de los árboles nos íbamos
tratando de encontrar el tiempo

Aquellas manos, aquellas manos
hicieron posible mi travesía, aquellas manos
como catedrales volcánicas pusieron al descubierto
la magnitud de belleza que me ofrecía tu cuerpo.

Mi acordeón suplica que no te vayas
pero es una ligera costumbre mía llamarte,
llamarte cuando el llanto ya lo ha consumado todo.

Arde mi literatura y arde tu cuerpo en ella.





Airado

Estoy triste si

eso equivale a que mi alma

está opaca y semidulce;

escribir no me aleja del dolor

es quizá, la acción repetitiva

de una ardua tarea.

sigo aquí pensando

en saltar a la orilla

o adornarme con un soplo de ave

a la idea del dulce sueño.

El trabajo hermoso de los años

A ti Wendy, mi persona querida. Mi warmigu.

..

El gran rumor de agua, de escarcha
que asesina de un tajo a los geranios ancianos;
ellos, allá afuera, no se ven morir, están sobre
las rocas vivas, sobre los acantilados de los números.
Ese gran rumor cubrió la piel de los vencedores,
se adelgazó en las pupilas y en torno a ellas
cubrió a las calles de granizo y de céfiros.
Oh amiga mía ¿qué ruinas has hecho?
Porque ahora padeces de tantos lunares,
de tantos lugares tremendamente blancos.
 
Eres tú, geranio del patio de mi casa,
geranio anciano, piel del viento y boca de semilla,
taciturna
elevada al cielo
de tu carne tan blanca, tan blanca,
tan de ceniza y lana,
tu piel anclada a las migajas, al pan molido,
tu carne de nácar nacida en la arena
junto al río
ahora te sueño como en el principio de los tiempos,
estoy con una margarita que se chorrea desde mi costado,
me sueña,
me grita,
me saca del vientre materno y me
da medallas, me da espasmos de oro y
sueño; ya sueño de nuevo con tus dientes,
tu boca húmeda,
tu boca de oca.
Geranio anciano, del patio de mi casa
me retrato en la vida y a ella le devuelvo
mi esqueleto.
 
Consigo ahora que tu lengua y tus órganos
floten alrededor mío, me cubran, me vistan,
sean ángeles de madera; pedacitos cortantes
de un asesino que mata con el frío y la ilusión.
 
Compañera mía,
ya hicimos ese viaje mágico, cabalgamos
por sobre la madera y las auroras,
despertamos al alba en camas diferentes
pero con la mitad de nuestras almas colgadas al sol.
¡Bridemos por fin!
Se alegran los maíces y las tachuelas por vernos libres.
 
Las voces de mariposa,
los cuerpos de arullo,
el crujir de semilla
y ese rumor de huesos gritan ¡aleluya!
Hoy por fin, hemos despertado de la vida
somos danzantes que se adelgazan con la soledad y,
en nuestros cuerpos jamás entra la espuma,
somos un cúmulo de arupos,
tenemos nuestra manía de hacernos daño, de pintar…
de ser corceles en el sueño,
de apagar la luz eléctrica en las velas perfumadas.
He sentido, ¡no sabes cuánto!, el deseo de abrazarte
de acogerte con mis misas y campanarios,
de hacerte dormir con mi voz de aguja y bebé,
de dormitar en alguna colina por entre tus besos
/ tu ruido de besos /
 
Abrazarte compañera hasta hacernos arte,
ese arte dormido, absuelto, amarillo.
 
Qué hermosa te vez ahí adornada de escritura y de sal,
con tu alma purificada como el agua,
con tu cuerpo de minerales,
con tu chalina que genera envidia al sol.
 
Compañera mía, ¡compañera mía!
las piedras nos lanzan sus manos en dirección al horizonte,
el silencio crece en nosotros y nos da su galope,
nazcamos en el vientre del potro y de la noche,
seamos la crin del viento
y el suave andar de un caracol a su roca luego de la tormenta;
compañera, la sal nos mira,
nos hace seres de cuerpos profundos y un tanto muertos.
 
Te invito a descubrir la vida
debajo de los poetas.
 
Hoy un ronco cerezo cuenta nuestras lágrimas y
las medallas se apresuran a envolvernos en el fuego seco,
seamos hoy, por los siglos de los siglos
la fiesta de las flores y
el terrible palpitar de las sillas al verse solas, destruidas
sin personas que se atrevan a sentarse en ellas.
 
Seamos las tardes de trigo:
algo oscuras, pero con un legado del humo.
 
Nuestra piel ahora está llena de túneles por donde
siempre, siempre vamos a transitar, al menos yo
viajaré con mi palabra
hasta la orilla de tu cuerpo, hasta la orilla de tu boca.
Permíteme compañera
reconocer mis venas de pájaro y anidar por siempre
entre tus cabellos desnudos.
Permíteme solo ser un pétalo en tu piel de uva.

Mi carrera

Ayer, en mi inusitada carrera contra el mar
vi tus ojos: tremendas leyendas a la par de la brisa,
                                         en el horizonte,
el ocaso me quemaba las cienes y la noche ya
me invitaba a su lecho, y entonces vi tus ojos:
ojos de lechuza, de miel, del andar de los viejos,
ojos arcaicos, ojos de luto,
ojazos de penumbras, de soledades, de valor…
 
Ojos tremendamente negros como el cielo
cuando sus nubes anuncian que va a llover,
ojos serios y duros, tan llenos de grietas que casi
se atreven a cantar a la leña, al dulce vino.
 
Eran unos ojos perfumados
casi lejanos como una provincia o un lecho,
casi como el devenir del humo en la chimenea,
casi como un día tenazmente desenfadado.
Ayer, vi tus ojos enormes: lunares arrancados al sol
y a la bruma: espejos del revés de las cosas.
Mientras los veía yo era eternamente joven,
eternamente despierto, eternamente número.
Me envolvía en la dulce brisa que se desprendía de ellos;
entonces yo me proyectaba a cantar en la vida,
a ser una vela con tantos nombres,
a ser un cisne de humo.