Campesino del mundo

A ti siempre, por las confesiones en el tiempo final.

La noche la tarde una y otra vez y otra noche y otra tarde,
la noche de alardes dormidos en los campos ebrios.
Tú – yo -  tenemos los ojos callados de espuma
frente a un mar sin barcos y sin monedas.

Tus ojos de cosecha
tus ojos de bosque ensanchado
tus ojos de himno
tú, campesino del mundo
tú, señor de la intemperie
tú, espolvorea harina sobre todas las cosas y devuelve
a los espejos su apellido.
Tú que gritas ve y devuelve su crin, soy yo.
Tú al que gritas en el espejo, soy yo. Ese tú ahora soy yo.

Escribo como animal del aire
como espasmo de color de un ángel del este
mi voz que enciende el día
bebo ojos de luna
bebo jarrones de musgo
habito el día lanzado en armas
la noche, tan apacible desde que no estás,
se arrima a mis oídos y aprieta las encinas del mundo.

Estallido

Ven, a mí, soñemos con el cuerpo encendido
y el agua casi rota al filo de un maíz
cae en mi cuerpo, riega esa feliz caricia dormida
que la noche empieza y cae y cae y cae
como de un trompo una sustancia feliz.

Llegó el baño húmedo y frío y constante
llegó la vida a nuestra vida, qué hielo nos consumía.
Encerrado en habitaciones sin nombre
te esperaba, la muerte sin sonido y etérea
vio tu cuerpo ardiente como agua rota
como cuando la noche cae en un cerezo, se
desprendía de mi cuerpo un llanto de palomas inmensas
y un atrio sometido a los feligreses
ardamos, caminemos, hagamos fuego
hagamos campanas.

Era la sed y el hambre ese día
La dura fría hora en las que surcó tu alma a la mía.

En la noche que se ciñó tu boca a la mía
y donde emigraron pájaros desde tu sexo a mi vientre
y nació la poesía.

Cinco

Las venas de este mes abierto

Unión de estrellas y astros rotos
de espacios como la noche misma.
Un triste andar de planetas y corales
un paso lánguido al filo de tu aroma

vaporcito azul, alza tu blancura de pájaro
- luz de astro, la ciudad que llevo en los bolsillos – 
cruzas la noche con tu ángulo recto
así cuidándome, pedazo de ternura.

Ah, este mes todo lo aniquila
es como el mar que se lleva espumas y rosas
un sendero de largas estrellas marchitas.
Todo el azul, azul cual tu pupila.

Es la fatiga hora de recordarte abierto
de tránsito supremo hacia la constelación de barro;
vendrás a mi alma
o ya me iré de extranjero por tu aroma.

Qué estarás pensando en esta noche vieja
niño de andanzas y de capulí;
ahora que te pienso lejano
y me sube la sangre como una copa lejana.

¿Qué pensarán de mí tus manos?
pobres manos de vencedores y vencidos.
Ahora es el clavel el que me lo quita todo.

Qué será de la piel en Octubre
con su ágil quemadura
y su boca que solo es el sitio de la fragua.

Y por este camino – cinco – 
mis vertebras no reconocen otro aroma
ya no te veo en mi alma dadora de otras almas.
Y por esta poesía
de detalles técnicos y alabados vuelos
paso la tarde huyendo de la sal
del agua
y del polvo
y me esfuerzo, me esfuerzo mucho,
palpito,
pero tengo frío.

¿En este día cómo escribir después del infinito?
¿Cómo hablar o escribir de mí sin dar un grito?